PRESENTACIÓN

La colección de obras de arte que pertenecen al patrimonio diocesano, está integrada, dada su naturaleza, por piezas de tema religioso y objetos litúrgicos. Podemos clasificarla en tres apartados: escultura (el más amplio), pintura y orfebrería.

Estas obras pertenecen a iglesias, conventos y ermitas de la Diócesis de San Sebastián, encontrándose en sus lugares de origen y presentadas a modo de catálogo en esta página.

La mayor parte de las piezas pertenecen al grupo de la escultura en madera policromada. Este material se ve seriamente afectado en el País Vasco por dos grandes problemas: la humedad y la acción de insectos xilófagos (comedores de madera). Un alto porcentaje de obras presentaban serios problemas de conservación debido a la acción de estos dos factores, por lo que, han sido sometidas a tratamientos de restauración, conservación y desinsección, no sólo para evitar el progresivo deterioro de las mismas, sino para impedir la infección de las piezas "sanas".

Antes de iniciar nuestro breve recorrido por el arte religioso del patrimonio diocesano, debemos señalar un aspecto llamativo del mismo: el carácter popular, salvo excepciones, de la mayor parte de las obras que existen en él. Las obras más representativas y de mayor calidad se conservan "in situ", y poco a poco se está trabajando en la conservación de las mismas para que permanezcan en su lugar de origen, salvo en casos en que no se pueda asegurar ésta y esté en peligro su pervivencia.

Surge desde aquí la invitación a visitar las iglesias y monumentos de esta Diócesis, para conocer y descubrir nuestro patrimonio histórico-artístico. A buen seguro que experimentaremos agradables sorpresas.


EDAD MEDIA

En Gipuzkoa son pocos los edificios y objetos anteriores al siglo XIII que han llegado hasta nosotros; asimismo son escasos los restos que cronológicamente pertenecen al periodo románico. No obstante, ciertos rasgos de la estética de este estilo medieval, en cuanto a escultura se refiere, se prolonga durante los siglos XIII y XIV, es decir, lo que cronológicamente conocemos como gótico. Es una escultura que por su carácter popular, resulta en ocasiones rústica y hasta impregnada de cierta ingenuidad. Conservan aún un aire románico, apreciable tanto en las proporciones como en la rigidez y frontalismo de las figuras, así como por la dureza del modelado. Sin embargo, ciertos rasgos apuntan ya hacia el estilo gótico, que se introduce tímidamente en la estatuaria guipuzcoana de los siglos XIII y XIV, como son el alargamiento de las figuras y el tratamiento de los paños que las hace, en ocasiones, incorpóreas. Es un momento de tardía transición entre dos estilos, a la que se une la procedencia de talleres locales con un marcado carácter popular y cierto apego a la tradición estética heredada del románico.

Avanzando en el siglo XIV y, sobre todo en el XV, nuestra escultura asume de forma plena el lenguaje plástico del gótico. Las proporciones se alargan y los escultores se dejan seducir por un naturalismo incipiente. Así, tanto el tratamiento de los paños como las actitudes y ademanes de las figuras se hacen cada vez más naturales, más humanas.

La estética del gótico perdurará hasta el primer cuarto del siglo siguiente. Capítulo importante en el periodo de transición entre las dos centurias, corresponde a la influencia flamenca, caracterizada por el realismo que anima sus creaciones y por la forma de plegar los paños en ángulos, como si se tratase de una tela rígida que se parte. Este rasgo se debe a la influencia que ejerce en gran parte de Europa la pintura de los flamencos Van Eyck.


EL SIGLO XVI Y EL RENACIMIENTO

Este es, sin duda alguna, el siglo de oro de la escultura vasca. El hombre pasa a ser el centro de la creación y la obra más perfecta de la misma. Como modelo de perfección se busca el ideal de belleza de los modelos clásicos grecorromanos, aunque terminan por ser reinterpretados. El humanismo fluye por Europa, así como la ciencia, la literatura, la crítica artística y los movimientos de renovación religiosa.

Se inicia este despegue durante el segundo cuarto del siglo XVI, formulando el estilo plateresco dominado por la profusión decorativa, el ansia de movimiento y los pliegues redondeados de las telas. El centro que acoge el Renacimiento es Oñate. Allí se aúnan, por una parte, la influencia castellana (retablo de la Iglesia del monasterio de Bidaurreta, el de la Capilla de la Piedad en la Iglesia de San Miguel o el de la Capilla de la Universidad); con la presencia, por otra parte, del francés Pierre Picart, del que se conserva la magnífica fachada de la Universidad de Oñate, y la muy posible de Diego de Siloe en el sepulcro del Obispo Rodrigo Mercado de Zuazola (Iglesia de San Miguel).

La figura más notable de este siglo, no sólo por su calidad artística, sino por la trascendencia de su arte, es Juan de Anchieta. Él introduce en el País Vasco el manierismo de tendencia miguelangelesca. De Miguel Ángel toma el gusto por la monumentalidad hercúlea de los cuerpos y por el gesto tenso y contenido. Trabajó en Castilla y es influido también por el arte de otro gran manierista, Juan de Juni. Debemos señalar entre sus obras más notables el retablo de la Iglesia de San Pedro en Zumaia.

La influencia de su estilo se prolonga a través de sus múltiples seguidores y discípulos hasta bien entrado el siglo XVII, aunque pocos de ellos alcanzan la calidad del maestro. Entre sus discípulos más descollantes destacan Jerónimo Larrea, Juan de Iriarte, Domingo de Mendiaraz y Ambrosio de Bengoechea.


EL BARROCO DEL XVII Y DEL XVIII

La renovación religiosa que supuso el Concilio de Trento, que ahora deja sentir su influencia con más fuerza, se traduce, de un lado, en los nuevos valores que se le adjudican al arte, tales como el papel didáctico, el de inspirador de la devoción y de las virtudes piadosas, y, de otro lado, en el auge que experimenta la exteriorización del culto. Esto, unido a la canonización de los santos jesuitas, trae consigo el resurgir del fervor religioso y una gran actividad artística durante el siglo XVII.

Trabaja un gran número de imagineros vascos, aunque no sobresalen por su calidad. Lejos del realismo imperante en los reinos castellanos, donde triunfa la estética barroca, cuyos signos de identidad son la verosimilitud, el movimiento lanzado hacia el exterior y la búsqueda de efectismo y teatralidad para potenciar la capacidad expresiva de las figuras y así captar, a través del realismo, la atención del espectador; los escultores vascos realizan obras de carácter popular, de escasa naturalidad para el momento y de gran ampulosidad en el tratamiento de las telas.

Se realizan monumentales retablos, donde el gran protagonista es la potente arquitectura. Esta tendencia retablística tiene su continuación en el XVIII, otro gran momento de esplendor cultural en el País Vasco. No obstante, para obras de gran envergadura, se recurre con frecuencia a escultores de la escuela madrileña, como Luis Salvador Carmona, para que aporten la parte escultórica; aunque los tracistas, ensambladores y entalladores sean vascos, como Miguel de Irazusta. La perfecta conjunción de ambos artistas podemos apreciarla en los magníficos retablos de Santa Marina de Vergara.


EL XX: EL RESURGIR

Desde mediados del siglo XIX el arte, en general, está marcado por la reacción contra el "arte tradicional" y contra las normas académicas. Se inicia una búsqueda de nuevos caminos de expresión, de un lenguaje acorde con la nueva sociedad industrial y burguesa. Los primeros movimientos que reaccionan contra la tradición clásica son las denominadas Vanguardias Artísticas de finales del XIX, especialmente el impresionismo, que surgen y se asientan en Europa. Hacia ella dirigen su mirada los artistas de este lado de los Pirineos, buscando fuentes de renovación.

A comienzos del XX, con la aparición y desarrollo de todo un universo de movimientos vanguardistas, los llamados "ismos" (cubismo, fauvismo, constructivismo, abstraccionismo o el surrealismo, entre otros), asistimos a una convulsión que hace remover los cimientos del arte, no sólo en cuanto a técnica, sino también en lo que se refiere a expresión formal, estética y plástica, y muy especialmente la cuestión teórica. Se cuestiona el concepto mismo de lo artístico: cualquier cosa es digna de ser tratada como tema y merece la atención del artista, incluso la ausencia misma de tema. Otro tanto sucede con la atención que se le concede a los materiales. Esto da lugar, en el siglo XX, a la experimentación artística en todos sus aspectos.

Tras los años de "paréntesis" cultural y artístico que supuso la postguerra, el arte vasco experimenta un fuerte auge en todos los campos a partir de 1950. El centro artístico del País Vasco pasa a ser San Sebastián y el motor de este renacer es Jorge de Oteiza, inspirador del ideario del llamado "Equipo 57" (1957), y que posteriormente, en 1966, lanza el "Manifiesto de Escuela Vasca".

En adelante, el arte vasco se va a caracterizar por la multiplicidad de tendencias, favorecida por la actividad de otras tantas individualidades, en una búsqueda constante de la expresión personal. Esta variedad de tendencias se orienta, básicamente, desde dos posturas: el figurativismo y la abstracción. El repertorio temático es igualmente variado, desde el paisaje, el retrato, el realismo social, el tema religioso, hasta el color, la forma o el volumen. Todo ello abordado desde una constante: ahondar en la vida, el espíritu y las raíces del pueblo vasco.


ORFEBRERIA

La liturgia cristiana, como cualquier otra actividad humana, precisa de una serie de objetos para realizarla adecuadamente. Las nuevas necesidades que se van creando con el tiempo traían consigo la creación de objetos que se adaptaran a las exigencias de la función que debían desempeñar, o bien la transformación de modelos anteriores. Así pues, el origen de todos los objetos es eminentemente funcional.

Así pues, se crearon objetos para consagrar el vino (cáliz), para guardar las Hostias (copón), para contener el vino y el agua (las vinajeras), para quemar el incienso (incensario) y un recipiente para contenerlo (naveta), para abrir los cortejos procesionales (cruz procesional), para exponer la Hostia ante los fieles (el ostensorio y la custodia), para llevar los sacramentos a los enfermos (portaviático), y otros muchos como la crismera, el portapaz, relicarios, campanillas, bandejas, píxides...

Después habría que añadir dos factores, que en el caso de la orfebrería religiosa, se desarrollan de forma paralela. De un lado, se encuentra la tendencia del hombre a embellecer aquello que transforman sus manos, es decir, la intencionalidad estética que preside la creación artística. De otro lado, el carácter "sagrado" que adquieren los objetos destinados al culto conduce al uso de materiales nobles para su realización y al deseo de enriquecer aquello cuyo fin es ensalzar al Dios Creador y que a la vez sea digno de su naturaleza.

Esto se generaliza a partir del siglo XIV, ya que con anterioridad es frecuente el empleo de materiales como el cobre, el bronce o el latón. Nada resulta más noble que el oro y la plata, aunque, dado su alto coste, se recurre con frecuencia a abaratar costos a través de dos procedimientos: uno es utilizar un alma de madera y recubrirlo con chapas de metales nobles, y el otro es recurrir a procedimientos de dorado y plateado de otros metales, creando una riqueza en ocasiones ficticia. Esto último empieza a generalizarse a partir del siglo XV.

Por otra parte, comienzan a aparecer, muy pronto, ordenanzas que regulan la actividad de los gremios, haciéndose obligatorio el uso de marcas y punzones en las piezas, que indicaban el artífice que las realizó y la ciudad a la que pertenecía, a la vez que aseguraba la calidad del metal. Hoy estas marcas nos son de gran ayuda a la hora de averiguar la procedencia de las piezas.

A lo anterior hay que añadir la influencia en la orfebrería de otras artes, como la arquitectura, la pintura y la escultura, y de los gustos y tendencias estéticas imperantes en cada momento. Veamos, brevemente, cual ha sido su evolución.

Durante el gótico los orfebres incorporan a sus creaciones, profusas en decoración, elementos de origen arquitectónico como pináculos y doseles, y motivos decorativos góticos como las cardinas y los roleos. La cruz procesional adquiere su estructura básica definitiva y surge un objeto de gran tradición en la orfebrería española, el ostensorio y/o custodia, favorecida por el incremento progresivo, a partir del siglo XIV, en la devoción a la Eucaristía y el establecimiento de la festividad del Corpus Christi. Las formas que adopta serán muy variadas con el transcurso del tiempo.

El estilo gótico se prolongará hasta el primer cuarto del siglo XVI, y las piezas en nada parecen distinguirse de las de la centuria anterior.

Después se dejará sentir la influencia del plateresco, con abundante decoración pero de tipo renacentista, para dar paso a finales del XVI, coincidiendo con el estilo escurialense, a unos modelos más sobrios donde predomina la pureza de formas y donde lo decorativo se reduce a medallones y motivos grabados.

A mediados del XVII se produce un retorno a la riqueza decorativa, tan característica del barroco, donde se incrementan los temas vegetales y aumentan de volumen los relieves. La demanda de custodias en este periodo fue grande, imponiéndose la del tipo de sol, en el que la Hostia está rodeada de un nimbo de rayos que semejan al astro rey.

El siglo XVIII traerá consigo el estilo rococó de influencia francesa, y con él las formas sinuosas, la profusión decorativa, la rocalla y la incorporación de abundante pedrería en los objetos litúrgicos. Sin embargo, a mediados de siglo se impondrá el estilo neoclásico, y de nuevo cierta sobriedad y preferencia por los motivos de tradición grecorromana.

Por su parte el XIX dará paso a la recuperación de modelos pasados, los conocidos "neos", que se suceden uno tras otro. Entre ellos destaca el gótico, de líneas sencillas y aristas más vivas, como resultado del gusto de los románticos por lo medieval. Respecto a materiales, son escasos los trabajos con metales nobles, cuyo uso se reduce a objetos de pequeño tamaño, y se hace frecuente el empleo de otros metales más baratos dorados o plateados. También nos encontramos con piezas de gran sencillez formal, tendencia ésta que se prolongará durante el siglo XX.


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